9/19/2006

El oficio del narrador

"Hace algunos años visité el campo de concentración de Berger Belsen, en Alemania. (...) En un extremo del campo y muy cerca de donde se alzaban los infames hornos crematorios, en la superfcie áspera de la piedra, alguien, ¿quién?, grabó, tal vez con la ayuda de un cuchillo o un clavo, el más dramático de los reclamos: "Yo estuve aquí y nadie contará mi historia". (...)

Ignoro cuánto tiempo permanecí frente a esa piedra, pero a medida que caía la tarde vi otras manos repasando la inscripción para evitar que la cubriera el polvo del olvido: una rusa, Vlaska, que frente a la seca osamenta del Mar de Aral me contó su lucha por impedir la locura que culminó con la muerte de un mar lleno de vida. Un alemán, Friederich Niemand -Federico Nadie-, al que declararon muerto en 1940, y que hasta 1966 gastó suelas de zapatos visitando ministerios y templos burocráticos para demostrar que estaba vivo. Un argentino, Lucas, que hastiado de discursos hipócritas se decidió a salvar los bosques de la Patagonia andina sin otra ayuda que la de sus manos. Un chileno, el profesor Gálvez, que en un exilio que jamás comprendió soñaba con sus viejas aulas de clases y despertaba con los dedos llenos de tiza. Un ecuatoriano, Vidal, que soportaba las palizas de los terratenientes encomendándose a Greta Garbo. Una uruguaya, Camila, que a los setenta años decidió que todos los muchachos perseguidos eran sus parientes. Un italiano, Giuseppe, que llegó a Chile por error, se casó por error, tuvo a sus mejores amigos por error, fue feliz a causa de otro error enorme y reivindicó el derecho a equivocarse. Un bengalí, Mister Simpah, que ama a los barcos y los conduce al desguace repitiéndoles las bellezas de los mares que surcaron. Y mi amigo Freddy Tabernas, que se enfrentó a sus enemigos cantando...

Todos ellos y muchos más estaban allí, repasando las palabras grabadas sobre una piedra, y yo supe que tenía que contar sus historias".

Leído en Historias marginales, de Luis Sepúlveda

9/10/2006

San Teodoro de Amasea


San Teodoro de Amasea nació en Asia Menor a mediados del siglo III. Enrolado en el ejército romano, Teodoro alcanzó una gran fama en su época tras derrotar a un peligroso dragón (algunos sugieren que era un cocodrilo). Cuando se negó a ofrecer un sacrificio a los dioses alegando que era cristiano, algo prohibido en aquella época, los jueces romanos decidieron darle tiempo para reflexionar; sin embargo, pocos días después Teodoro entró de noche en el templo de Cibeles en Amasea (Turquía) y lo incendió, destuyéndolo por completo. La paciencia de los magistrados se agotó, y Teodoro fue condenado a muerte.

San Teodoro fue el primer patrón de Venecia, hasta que fue depuesto a principios del siglo IX. Con el poder del imperio bizantino en notable decadencia, los venecianos decidieron que tener como patrón a un santo griego no era demasiado razonable. Al mismo tiempo, Roma extendía su influencia bajo la protección del apóstol San Pedro, padre de la iglesia. Así que algunos mercaderes venecianos idearon un arriesgado plan: viajaron a Egipto y robaron las reliquias de San Marcos, camuflando los restos mortales del evangelista entre trozos de carne de cerdo para que los musulmanes no pudieran descubrirlos. Y así fue como en el año 828 San Marcos se convirtió en el patrón de Venecia, donde se erigió una lujosa basílica en su honor.

Y así fue como San Teodoro, cuatro siglos después de su muerte, pasó a ser el ex patrón de Venecia. Aún hoy, su imagen preside la Plaza de San Marcos en lo alto de una columna de mármol, desde donde contempla con la única compañía de un dragón muerto a sus pies la ciudad que un día fue suya.

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