7/22/2006

Yakov Dzhugashvili

Yakov Dzhugashvili fue el primer hijo de Josef Stalin, y el único que tuvo con su primera esposa, Ekaterina Svanidze. Él y su padre nunca se llevaron bien; Stalin era incapaz de tolerar la falta de firmeza de su carácter. Cuando era joven, Yakov trató de suicidarse después de un desengaño amoroso, pero erró el disparo y sólo resultó herido. "Ni siquiera eso sabe hacer", comentó su padre.

Dzhugashvili fue lugarteniente del ejército rojo durante la Segunda Guerra Mundial, y en el verano de 1941 fue capturado por los alemanes en Smolensko. Al principio consiguió mantener su identidad oculta, pero en 1943 uno de sus compañeros de reclusión en el campo de concentración de Sachsenhausen le traicionó. Cuando lo supo, el alto mando alemán envió una propuesta a Stalin: le entregarían a su hijo a cambio del general Friedrich Paulus, capturado en la batalla de Stalingrado. Sin embargo, Stalin pensaba que su hijo se había rendido voluntariamente, por pura cobardía, y se avergonzaba de él más que nunca. "Yo no tengo ningún hijo llamado Yakov", contestó.

7/19/2006

El hijo de Stalin y la mierda

"Fue en 1980 cuando pudimos leer por primera vez, en el "Sunday Times", cómo murió Yakov, el hijo de Stalin. Preso en un campo de concentración alemán durante la Segunda Guerra Mundial, compartía su alojamiento con oficiales británicos. Tenían el retrete común. El hijo de Stalin lo dejaba sucio. A los británicos no les gustaba ver el retrete embadurnado de mierda, aunque fuera mierda del hijo de quien era entonces hombre más poderoso del mundo. Se lo echaron en cara. Se ofendió. Volvieron a reprochárselo una y otra vez, le obligaron a que limpiase el retrete. Se enfadó, discutió con ellos, se puso a pelear. Finalmente solicitó una audiencia al comandante del campo. Quería que hiciese de juez. Pero aquel engreído alemán se negó a hablar de mierda. El hijo de Stalin fue incapaz de soportar la humillación. Clamando al cielo terribles insultos rusos, echó a correr hacia las alambradas electrificadas que cerraban el campo. Cayó sobre ellas. Su cuerpo, que ya nunca volvería a ensuciar el retrete de los ingleses, quedó colgado de las alambradas.

El hijo de Stalin no tenía una vida fácil. Su padre lo había concebido con una mujer a la que, después, según todos los indicios, asesinó. El joven Stalin era por tanto hijo de Dios (porque su padre era venerado como un Dios) y, al mismo tiempo, réprobo. La gente lo temía por partida doble: podía hacerles daño con su poder (al fin y al cabo era hijo de Stalin) y con su favor (el padre podía castigar a sus amigos en lugar de hacerlo con el hijo réprobo). (...)

Nada más empezar la guerra lo capturaron los alemanes, y otros prisioneros, que pertenecían a una nación que siempre le había sido profundamente antipática por su incomprensible introversión, lo acusaron de ser sucio. ¿Él, que debía soportar el peso del mayor drama imaginable (ser al mismo tiempo hijo de Dios y ángel réprobo), debía ser ahora sometido a juicio, no por cuestiones elevadas (referidas a Dios y a los ángeles), sino por asuntos de mierda? ¿Está entonces el más elevado drama tan vertiginosamente próximo al más bajo? (...)

Si la reprobación y el privilegio son lo mismo, si no hay diferencia entre la elevación y la bajeza, si el hijo de Dios puede ser juzgado por cuestiones de mierda, la existencia humana pierde sus dimensiones y se vuelve insoportablemente leve. En ese momento el hijo de Stalin echa a correr hacia los alambres electrificados para lanzar sobre ellos su cuerpo como sobre el platillo de una balanza que cuelga lamentablemente en lo alto, elevado por la infinita levedad de un mundo que ha perdido sus dimensiones.

El hijo de Stalin dio su vida por la mierda. Pero morir por la mierda no es una muerte sin sentido. Los alemanes, que sacrificaban sus vidas por extender el imperio hacia oriente, los rusos, que morían para que el poder de su patria llegase más lejos hacia occidente, ésos sí, ésos morían por una tontería y su muerte carece de sentido y de validez en general. Por el contrario, la muerte del hijo de Stalin fue, en medio de la estupidez generalizada de la guerra, la única muerte metafísica".

Leído en La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera

7/15/2006

Lloviendo ranas

A lo largo de Magnolia (1999), el narrador repite varias veces una frase de un libro: "Quizá nosotros hayamos acabado con el pasado, pero el pasado no ha acabado con nosotros". Los subtítulos españoles del DVD interpretan que el libro del que habla el narrador es la Biblia (a veces en inglés la llaman "the Good Book", o sencillamente "the Book"), pero se equivocan. La frase en cuestión abre el primer capítulo de la Historia natural del disparate, un volumen publicado en 1946 por el profesor Berger Evans. En su libro, Evans se dedica a desenmascarar supersticiones y leyendas urbanas, y entre otros temas aborda la creencia popular de que en ocasiones pueden llover ranas del cielo.

Más adelante, durante la escena de la lluvia de ranas sobre el valle de San Fernando, la cámara se detiene sobre una lámina que lleva un significativo pie: "Pero sí sucedió". La frase apunta al pasado de uno de los personajes, que sufrió abusos en su infancia. Sin embargo, también podría estar hablando de la catártica tormenta que está teniendo lugar en el exterior. En junio de 1997 cayó una lluvia de ranas sobre la población mexicana de Villa Ángel Flores, en la costa del Pacífico. Un pequeño tornado pasó por una charca cercana y se llevó el agua y los animales que en ella vivían, dejándolos caer a unos kilómetros de distancia, sobre los asombrados habitantes de la ciudad.

El narrador concluye: "Estas cosas extrañas suceden continuamente". Y yo digo: "La realidad es tozuda; no importa cómo de elaborados sean nuestros razonamientos, cuando se lo propone siempre consigue tener razón".

7/12/2006

Howard Hawks, en 50 palabras o menos

"Hawks era un buen director. Todas las tardes, a las seis, después de terminar el rodaje y en el camino de regreso a casa, detenía el coche entre los estudios Goldwyn y Bel Air, en la esquina de La Ciénaga con el Boulevard de Santa Mónica, se inclinaba fuera del coche y vomitaba".

Billy Wilder

7/07/2006

7 rojo

En marzo de 2004, Ashley Revell decidió vender todo lo que tenía, incluida su ropa; todo salvo un par de pantalones y una muda de calzoncillos. Alquiló un smoking y se marchó a Las Vegas con el dinero que había conseguido reunir. Los dos primeros días no le fue bien; perdió casi mil dólares en pequeñas apuestas. El tercer día, apostó todo el dinero que le quedaba de una sola vez a la ruleta: 135.300 dólares al rojo. Sus padres estaban a su lado, así que -bromeaba- aunque perdiera no tendría que dormir al raso. Sin embargo, ganó. La bola se detuvo en el 7 rojo. Ashley Revell cobró su apuesta, le dio una propina de 600 dólares al croupier y se fue.

7/04/2006

Grandes defensores de la familia: Juan XII

La visita de Benedicto XVI a Valencia este fin de semana me trae a la memoria la historia de uno de sus antecesores, el papa Juan XII (937-964), hombre humilde y piadoso que también se distinguió por su abnegada defensa de la familia (y por su empeño en conseguir una).

Hijo ilegítimo del príncipe Alberico de Roma, Juan XII fue nombrado Sumo Pontífice a los 17 años de edad, en el 955. De él se dice que fue el primer Papa homosexual de la historia. Su predilección eran los adolescentes jóvenes y musculosos, y llegó a premiar los alardes sexuales de sus amantes con importantes obispados. También aceptaba sobornos a cambio de cargos religiosos; en cierta ocasión, ordenó obispo de la ciudad de Todi a un niño de diez años. Se le atribuyen además algunas devaneos con el sexo contrario: Stefana, la amante de su padre, la viuda de Rainier e incluso su propia sobrina.

Juan XII falleció en su décimo año de papado, con sólo 27 años. Le mató de una paliza un marido celoso, que acababa de descubrirle en la cama con su joven esposa.

7/01/2006

El hombre de Nagoya

'Para nosotros, un sol no es un sol si no es radiante, y una primavera no es una primavera si no es límpida. Aquí, colocar adjetivos sería tan grosero como dejar las etiquetas con el precio en las compras. La poesía japonesa nunca modifica. Hay una forma de decir barca, roca, bruma, rana, cuervo, granizo, garza, crisantemo, que incluye todo.

Los períodicos han narrado recientemente la historia de un hombre de Nagoya. La mujer que amaba murió el año pasado y él se sumergió en el trabajo a la japonesa, como un loco. Parece ser que hasta hizo un importante descubrimiento en el campo de la electrónica. Y entonces, en el mes de mayo, se suicidó. Dicen que no podía soportar oir más la palabra "primavera".'

Oído en Sans Soleil (1983), de Chris Marker.

Eróstrato y la inmortalidad

Una mañana de primavera del año 356 a.c., Eróstrato decidió que quería que su nombre perdurara eternamente. Después de meditar un buen rato, comprendió que el camino hacia la inmortalidad no iba a resultar sencillo. Al fin y al cabo, no era más que un humilde pastor, no tenía dinero para encargar estatuas o construir palacios. Tampoco tenía muchas luces; días atrás habían rechazado su petición de ingresar como sacerdote en el templo. Ni siquiera tenía la fuerza ni el valor necesarios para ser un gran guerrero, de esos cuyas hazañas cantaban los rapsodas de ciudad en ciudad.

Así que, esa misma noche, Eróstrato entró al templo de Artemisa en Éfeso y le prendió fuego.

Eróstrato fue capturado, torturado y ejecutado. En las doce ciudades de Jonia se prohibió bajo pena de muerte que se pronunciara su nombre, para asegurarse de que su historia cayera en el olvido. No lo consiguieron.

Las reglas del juego

De acuerdo, estas son las reglas:


Número 1. Nada de historias personales. Este blog no es mi diario. Si lo que andáis buscando es dónde nací, cómo fue mi infancia y ese tipo de rollos en plan David Copperfield, os habéis equivocado de sitio. "Primero, porque es un aburrimiento, y segundo porque a mis padres les daría un infarto si yo me pusiera aquí a hablar de su vida privada" (El guardian entre el centeno, J.D. Salinger).


Número 2. Todas estas historias son verdad. No en el sentido de "yo estaba allí, señor juez...", ni en el de "llevo años investigando, y he llegado a la conclusión de que...", ni siquiera en el de "el periódico de hoy en la página 12 publica...". Son verdad porque a mí me las contaron como si lo fueran, y yo me las creí. Y ya lo dice Paul Auster en el Cuento de Navidad de Auggie Wren: Mientras haya una persona que la crea, no hay historia que no pueda ser verdad.


Número 3. Dejo los comentarios abiertos. En los comentarios podéis poner cualquier cosa, menos anuncios de Viagra. Acepto de buen grado los anuncios de Xanax, Valium y Prozak, tolero las propuestas de negocios de hijos y viudas de ex dictadores africanos, y ni siquiera me tomo personalmente los consejos sobre alargamiento del pene. Pero nada de anuncios de Viagra. En este punto soy inflexible.


Eso es todo. Estáis en vuestra casa.


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