10/07/2006

El oficio del narrador (2)

Kurt Vonnegut, el autor de la cita que da nombre a este blog, luchó en Europa con el ejército aliado en la Segunda Guerra Mundial. A principios de 1945, fue capturado por el ejército alemán durante la Batalla de las Ardenas y trasladado a Dresde, una ciudad de escasa importancia desde el punto de vista militar que había permanecido ajena a los estragos de la guerra. Desde el matadero a las afueras de Dresde donde le mantenían prisionero, Kurt Vonnegut escuchó durante tres días consecutivos cómo los bombarderos británicos y estadounidenses reducían a escombros una ciudad que por su belleza era conocida como la Florencia del Elba, y dejaban a su paso más de 30.000 víctimas, en lo que fue la mayor matanza de civiles cometida en la historia de Europa.

Kurt Vonnegut estuvo allí para contarlo. En 1969 publicó la novela Matadero cinco, en la que narraba la historia de un soldado estadounidense que fue prisionero de los alemanes durante el bombardeo de Dresde, regresó a América para convertirse en un ciudadano ejemplar, sobrevivió a un accidente aéreo y finalmente fue secuestrado por una nave extraterrestre y exhibido en un zoológico. Un largo camino para asumir por qué el ejército de su país había lanzado un ataque indiscriminado y masivo contra un objetivo civil sólo unos meses antes del final de la guerra, con el poderío militar alemán en claro declive.

Matadero cinco contribuyó en su momento a recuperar la memoria y fomentar el debate en torno al bombardeo de Dresde, y es hoy considerada un clásico indiscutible de la literatura norteamericana. Sin embargo, está prohibida en muchas bibliotecas escolares de Estados Unidos: al parecer, los soldados estadounidenses dicen muchas palabras malsonantes.

9/19/2006

El oficio del narrador

"Hace algunos años visité el campo de concentración de Berger Belsen, en Alemania. (...) En un extremo del campo y muy cerca de donde se alzaban los infames hornos crematorios, en la superfcie áspera de la piedra, alguien, ¿quién?, grabó, tal vez con la ayuda de un cuchillo o un clavo, el más dramático de los reclamos: "Yo estuve aquí y nadie contará mi historia". (...)

Ignoro cuánto tiempo permanecí frente a esa piedra, pero a medida que caía la tarde vi otras manos repasando la inscripción para evitar que la cubriera el polvo del olvido: una rusa, Vlaska, que frente a la seca osamenta del Mar de Aral me contó su lucha por impedir la locura que culminó con la muerte de un mar lleno de vida. Un alemán, Friederich Niemand -Federico Nadie-, al que declararon muerto en 1940, y que hasta 1966 gastó suelas de zapatos visitando ministerios y templos burocráticos para demostrar que estaba vivo. Un argentino, Lucas, que hastiado de discursos hipócritas se decidió a salvar los bosques de la Patagonia andina sin otra ayuda que la de sus manos. Un chileno, el profesor Gálvez, que en un exilio que jamás comprendió soñaba con sus viejas aulas de clases y despertaba con los dedos llenos de tiza. Un ecuatoriano, Vidal, que soportaba las palizas de los terratenientes encomendándose a Greta Garbo. Una uruguaya, Camila, que a los setenta años decidió que todos los muchachos perseguidos eran sus parientes. Un italiano, Giuseppe, que llegó a Chile por error, se casó por error, tuvo a sus mejores amigos por error, fue feliz a causa de otro error enorme y reivindicó el derecho a equivocarse. Un bengalí, Mister Simpah, que ama a los barcos y los conduce al desguace repitiéndoles las bellezas de los mares que surcaron. Y mi amigo Freddy Tabernas, que se enfrentó a sus enemigos cantando...

Todos ellos y muchos más estaban allí, repasando las palabras grabadas sobre una piedra, y yo supe que tenía que contar sus historias".

Leído en Historias marginales, de Luis Sepúlveda

9/10/2006

San Teodoro de Amasea


San Teodoro de Amasea nació en Asia Menor a mediados del siglo III. Enrolado en el ejército romano, Teodoro alcanzó una gran fama en su época tras derrotar a un peligroso dragón (algunos sugieren que era un cocodrilo). Cuando se negó a ofrecer un sacrificio a los dioses alegando que era cristiano, algo prohibido en aquella época, los jueces romanos decidieron darle tiempo para reflexionar; sin embargo, pocos días después Teodoro entró de noche en el templo de Cibeles en Amasea (Turquía) y lo incendió, destuyéndolo por completo. La paciencia de los magistrados se agotó, y Teodoro fue condenado a muerte.

San Teodoro fue el primer patrón de Venecia, hasta que fue depuesto a principios del siglo IX. Con el poder del imperio bizantino en notable decadencia, los venecianos decidieron que tener como patrón a un santo griego no era demasiado razonable. Al mismo tiempo, Roma extendía su influencia bajo la protección del apóstol San Pedro, padre de la iglesia. Así que algunos mercaderes venecianos idearon un arriesgado plan: viajaron a Egipto y robaron las reliquias de San Marcos, camuflando los restos mortales del evangelista entre trozos de carne de cerdo para que los musulmanes no pudieran descubrirlos. Y así fue como en el año 828 San Marcos se convirtió en el patrón de Venecia, donde se erigió una lujosa basílica en su honor.

Y así fue como San Teodoro, cuatro siglos después de su muerte, pasó a ser el ex patrón de Venecia. Aún hoy, su imagen preside la Plaza de San Marcos en lo alto de una columna de mármol, desde donde contempla con la única compañía de un dragón muerto a sus pies la ciudad que un día fue suya.

8/04/2006

El músculo secreto

"Una tortuga atravesó los Estados Unidos, de costa a costa. Doris Haddock, obrera jubilada, caminó desde Los Ángeles hasta Washington.

Se echó al camino para denunciar la democracia comprada por las grandes fortunas que pagan las campañas de los políticos. A su paso, etapa por etapa, iba arengando a la gente que fluía hacia ella.

-Esa vieja es un río -decían los entusiastas.

-Esa vieja es un manicomio -decían los escépticos.

Pero todos iban.

Ya llevaba más de un año de caminata, casi volada por los vientos, casi frita por los soles, casi rota por los achaques, cuando la paralizó la nieve. Una tremenda tormenta de nieve se descargó sobre las montañas del oeste de Virginia. Doris festejó su cumpleaños, noventa velitas, y siguió viaje en esquí.

Esquiando viajó, a través de la nieve, todo el último mes. Mientras nacía el siglo veintiuno, llegó a la ciudad de Washington.

Una multitud la acompañó hasta el Capitolio. Allí trabajan los congresistas, la mano de obra política de las grandes empresas que destinan cien millones de dólares mensuales al pago de sus servicios.

Desde las gradas, ella pronunció un lacónico discurso sobre la democracia traicionada. Y señaló el pórtico del Capitolio, y dijo:

-Esto se está convirtiendo en una casa de putas.

Y se fue."

Leído en Bocas de tiempo, de Eduardo Galeano

8/01/2006

Cabañuelas

Para averiguar si helará en noviembre o cuánto lloverá en marzo, los agricultores estudian el cielo los trece primeros días de agosto. Del mismo modo, los economistas analizan los datos bursátiles de las cinco primeras jornadas de enero para predecir si el año nuevo traerá beneficios o, por el contrario, habrá recesión.

Son técnicas útiles, que aciertan un porcentaje alto de ocasiones, pero les falta precisión. Los dos métodos fallan porque basan sus predicciones en los datos equivocados; mejor harían los economistas en escrutar el cielo en los días de verano, y los agricultores en leer el Wall Street Journal. Y es que ni unos ni otros se han dado cuenta de que cuando el 12 de agosto se desata una gran tormenta sobre Marsella es señal de que las exportaciones caerán en el cuarto trimestre, mientras que si el índice Nikkei baja cuatro días seguidos a principios de noviembre quiere decir que la primavera este año llegará temprano.

7/22/2006

Yakov Dzhugashvili

Yakov Dzhugashvili fue el primer hijo de Josef Stalin, y el único que tuvo con su primera esposa, Ekaterina Svanidze. Él y su padre nunca se llevaron bien; Stalin era incapaz de tolerar la falta de firmeza de su carácter. Cuando era joven, Yakov trató de suicidarse después de un desengaño amoroso, pero erró el disparo y sólo resultó herido. "Ni siquiera eso sabe hacer", comentó su padre.

Dzhugashvili fue lugarteniente del ejército rojo durante la Segunda Guerra Mundial, y en el verano de 1941 fue capturado por los alemanes en Smolensko. Al principio consiguió mantener su identidad oculta, pero en 1943 uno de sus compañeros de reclusión en el campo de concentración de Sachsenhausen le traicionó. Cuando lo supo, el alto mando alemán envió una propuesta a Stalin: le entregarían a su hijo a cambio del general Friedrich Paulus, capturado en la batalla de Stalingrado. Sin embargo, Stalin pensaba que su hijo se había rendido voluntariamente, por pura cobardía, y se avergonzaba de él más que nunca. "Yo no tengo ningún hijo llamado Yakov", contestó.

7/19/2006

El hijo de Stalin y la mierda

"Fue en 1980 cuando pudimos leer por primera vez, en el "Sunday Times", cómo murió Yakov, el hijo de Stalin. Preso en un campo de concentración alemán durante la Segunda Guerra Mundial, compartía su alojamiento con oficiales británicos. Tenían el retrete común. El hijo de Stalin lo dejaba sucio. A los británicos no les gustaba ver el retrete embadurnado de mierda, aunque fuera mierda del hijo de quien era entonces hombre más poderoso del mundo. Se lo echaron en cara. Se ofendió. Volvieron a reprochárselo una y otra vez, le obligaron a que limpiase el retrete. Se enfadó, discutió con ellos, se puso a pelear. Finalmente solicitó una audiencia al comandante del campo. Quería que hiciese de juez. Pero aquel engreído alemán se negó a hablar de mierda. El hijo de Stalin fue incapaz de soportar la humillación. Clamando al cielo terribles insultos rusos, echó a correr hacia las alambradas electrificadas que cerraban el campo. Cayó sobre ellas. Su cuerpo, que ya nunca volvería a ensuciar el retrete de los ingleses, quedó colgado de las alambradas.

El hijo de Stalin no tenía una vida fácil. Su padre lo había concebido con una mujer a la que, después, según todos los indicios, asesinó. El joven Stalin era por tanto hijo de Dios (porque su padre era venerado como un Dios) y, al mismo tiempo, réprobo. La gente lo temía por partida doble: podía hacerles daño con su poder (al fin y al cabo era hijo de Stalin) y con su favor (el padre podía castigar a sus amigos en lugar de hacerlo con el hijo réprobo). (...)

Nada más empezar la guerra lo capturaron los alemanes, y otros prisioneros, que pertenecían a una nación que siempre le había sido profundamente antipática por su incomprensible introversión, lo acusaron de ser sucio. ¿Él, que debía soportar el peso del mayor drama imaginable (ser al mismo tiempo hijo de Dios y ángel réprobo), debía ser ahora sometido a juicio, no por cuestiones elevadas (referidas a Dios y a los ángeles), sino por asuntos de mierda? ¿Está entonces el más elevado drama tan vertiginosamente próximo al más bajo? (...)

Si la reprobación y el privilegio son lo mismo, si no hay diferencia entre la elevación y la bajeza, si el hijo de Dios puede ser juzgado por cuestiones de mierda, la existencia humana pierde sus dimensiones y se vuelve insoportablemente leve. En ese momento el hijo de Stalin echa a correr hacia los alambres electrificados para lanzar sobre ellos su cuerpo como sobre el platillo de una balanza que cuelga lamentablemente en lo alto, elevado por la infinita levedad de un mundo que ha perdido sus dimensiones.

El hijo de Stalin dio su vida por la mierda. Pero morir por la mierda no es una muerte sin sentido. Los alemanes, que sacrificaban sus vidas por extender el imperio hacia oriente, los rusos, que morían para que el poder de su patria llegase más lejos hacia occidente, ésos sí, ésos morían por una tontería y su muerte carece de sentido y de validez en general. Por el contrario, la muerte del hijo de Stalin fue, en medio de la estupidez generalizada de la guerra, la única muerte metafísica".

Leído en La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera

7/15/2006

Lloviendo ranas

A lo largo de Magnolia (1999), el narrador repite varias veces una frase de un libro: "Quizá nosotros hayamos acabado con el pasado, pero el pasado no ha acabado con nosotros". Los subtítulos españoles del DVD interpretan que el libro del que habla el narrador es la Biblia (a veces en inglés la llaman "the Good Book", o sencillamente "the Book"), pero se equivocan. La frase en cuestión abre el primer capítulo de la Historia natural del disparate, un volumen publicado en 1946 por el profesor Berger Evans. En su libro, Evans se dedica a desenmascarar supersticiones y leyendas urbanas, y entre otros temas aborda la creencia popular de que en ocasiones pueden llover ranas del cielo.

Más adelante, durante la escena de la lluvia de ranas sobre el valle de San Fernando, la cámara se detiene sobre una lámina que lleva un significativo pie: "Pero sí sucedió". La frase apunta al pasado de uno de los personajes, que sufrió abusos en su infancia. Sin embargo, también podría estar hablando de la catártica tormenta que está teniendo lugar en el exterior. En junio de 1997 cayó una lluvia de ranas sobre la población mexicana de Villa Ángel Flores, en la costa del Pacífico. Un pequeño tornado pasó por una charca cercana y se llevó el agua y los animales que en ella vivían, dejándolos caer a unos kilómetros de distancia, sobre los asombrados habitantes de la ciudad.

El narrador concluye: "Estas cosas extrañas suceden continuamente". Y yo digo: "La realidad es tozuda; no importa cómo de elaborados sean nuestros razonamientos, cuando se lo propone siempre consigue tener razón".

7/12/2006

Howard Hawks, en 50 palabras o menos

"Hawks era un buen director. Todas las tardes, a las seis, después de terminar el rodaje y en el camino de regreso a casa, detenía el coche entre los estudios Goldwyn y Bel Air, en la esquina de La Ciénaga con el Boulevard de Santa Mónica, se inclinaba fuera del coche y vomitaba".

Billy Wilder

7/07/2006

7 rojo

En marzo de 2004, Ashley Revell decidió vender todo lo que tenía, incluida su ropa; todo salvo un par de pantalones y una muda de calzoncillos. Alquiló un smoking y se marchó a Las Vegas con el dinero que había conseguido reunir. Los dos primeros días no le fue bien; perdió casi mil dólares en pequeñas apuestas. El tercer día, apostó todo el dinero que le quedaba de una sola vez a la ruleta: 135.300 dólares al rojo. Sus padres estaban a su lado, así que -bromeaba- aunque perdiera no tendría que dormir al raso. Sin embargo, ganó. La bola se detuvo en el 7 rojo. Ashley Revell cobró su apuesta, le dio una propina de 600 dólares al croupier y se fue.

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